viernes, 24 de septiembre de 2010

VARANASI – ENCUENTROS EN LA TERCERA FASE

Nuestro reencuentro con India fue todo lo que esperábamos, caos, mucha gente, polución y algunas cosas más que configuraban la ensalada que tres semanas atrás no habíamos podido digerir. Ahora sin embargo estábamos preparados, o por lo menos eso creíamos. Decidimos ponernos a prueba en Varanasi, un clásico del circuito turístico Indio.



El agua de sus pies es el sagrado Ganges.
Se cree que esta ciudad tuvo origen hace cuatro mil años, y posee una fuerte carga mística para los hindúes. Aquí muchos de ellos vienen a morir, convencidos de que una vez cremados en las piras funerarias a orillas del rio Ganga, como ellos llaman al Ganges, y sus cenizas arrojadas a sus sagradas aguas, se verán libres de una vez por todas del ciclo de reencarnaciones terrenales. Este rio no es sólo el fin, es también el principio y el durante, es la vida y la muerte. En sus orillas las mujeres lavan la ropa, otros toman baño y rezan sus oraciones, algunos se ganan la vida remando a favor y contra la corriente para recreo de los turistas, y otros simplemente se sientan a meditar o participar de alguna animada conversación.



En los Ghats, que es donde se quema a los difuntos después del ceremonial baño del cuerpo en las aguas del rio, el ambiente es solemne. No photos, no video, and respect the families, es lo que los guías aconsejan incansablemente si no quieres verte en un embrollo.

Las personas que trabajan en los ghats tienen que ser de la casta reservada para este tipo de función. Ellos se encargan, después de cobrar a la familia del fallecido por la leña y el servicio prestado, de asegurarse que el cuerpo arda hasta convertirse en cenizas para después arrojarlas al rio. En realidad no siguen ningún ritual espiritual al esparcir en el agua las cenizas recogidas, sino que las filtran a través de un cesto de mimbre para recuperar pequeñas piezas de oro que los muertos aún portaban cuando empezaban a ser consumidos por las llamas.

Las familias pudientes incineran a sus seres queridos con madera de sándalo, realmente cara, mientras que los más miserables son sencillamente arrojados a las divinas y contaminadas aguas del rio sin siquiera ser devorados primero por las llamas. La escena de un cuervo picoteando un cuerpo humano hinchado y azul que flotaba en el rio, fue algo que presenciamos entre atónitos y escandalizados mientras desayunábamos en la azotea de un bonito guest house.

Las escalinatas, los ghat´s están a todas horas invadidos
 de gentes que se bañan en el río ...

En Varanasi cumplimos con el protocolo del turista. Presenciamos ritos funerarios en algunos ghats, paseamos por las estrechas calles de la ciudad, visitamos las aún artesanales fábricas de seda, y acudimos a la ceremonia vespertina que con motivo del festival religioso de turno se celebraba en el main ghat.




Sin embargo aconteció algo mucho más importante para nosotros, y fue que empezamos a saborear la esencia de India. Fue apenas un pequeño bocado de lo que aún nos depararía este país, pero que despertó nuestro apetito.
Por primera vez queríamos más. 

El propietario del hotel donde nos alojamos resumía la experiencia de vivir India comparándola al hecho de tomar un éxtasis: “In India you can have a good trip or maybe you can have a bad trip, but somehow you will have your trip”. El tipo había vivido gran parte de su vida en Inglaterra, estaba casado con una japonesa y juntos tenían un hijo que con apenas tres años de edad había viajado a varios países.

 En Varanasi aprendimos como lo espiritual está intrínsecamente ligado a la vida cotidiana de sus gentes. Descubrimos que a pesar de muchas de sus actitudes parecer defectos o falta de educación si comparados con el padrón occidental, los Indios son ambles y bondadosos, al tiempo que discretamente orgullosos de su cultura.


Una vez más y al cabo de un par de días nos encaminamos a la estación de trenes con destino a Kajuharo, pero esta vez con la sensación de partir tempra-namente.

viernes, 10 de septiembre de 2010

NEPAL - Primeras pedaladas...

Antes de pisar suelo indio nuevamente, gastamos unos días visitando el parque nacional de Chitwan y de camino, pasamos por la ciudad santuario donde nació Buda, Lumbini.


La reserva es exuberante, y vital para la abundante fauna que allí habita. Uno de sus reclamos más importantes, es el avistamiento de tigres y rinocerontes durante un paseo por la frondosa selva a lomos de un enorme elefante. La verdad es que nunca habíamos estado tan cerca de uno de estos admirables paquidermos. Los guías los conducían por la carreterilla que bordea los límites del parque, y caminando, era frecuente cruzase con ellos, y observar sus lentos y pesados movimientos desde bien cerquita.


No pudimos evitar sentir lástima cuando deteníamos nuestra vista en ellos, sus expresiones eran como de resignación, y al final optamos por no ser una turística carga más. Además, la rústica plataforma de madera donde te acomodaban, no parecía muy confortable para balancearte durante dos horas. Desde luego nada que ver con las lujosísimas monturas que los marajás usaban para practicar la caza del tigre, que socialmente era considerado símbolo de hombría. Demostrar la de dichos personajes reales, llegó a suponer la muerte diaria de decenas de estos majestuosos animales durante las prolongadas, y multitudinarias cacerías. Por otro lado en estas fechas el calor y la humedad aún eran muy altos dentro del parque, y al haber mucha agua por todas partes eran menores las oportunidades de toparse con algún mamífero exótico, ya que no se desplazan tanto para saciar su sed. Con todo, y a pesar de que la mayoría de turistas recomendaban el paseo, nosotros decidimos guardar nuestro dinero para una mejor ocasión.


Optamos por alquilar unas bicicletas, y pedalear el día entero por las pequeñas aldeas a lo largo del rio que recorre parte del parque. Nuestro medio de transporte estaba algo oxidado, y pesaba considerablemente más que cualquiera de nuestros velocípedos de montaña. Pero allí todo el mundo se desplazaba en ellas, así que a probar nosotros también.




A ritmo local recorrimos los alrededores. Disfrutamos atravesando poblaciones rurales donde apreciamos cómo vive la gente del campo que aún depende del trabajo en el arrozal, y de sus búfalos. Fuegos hogareños permanentemente encendidos para cocinar en chozas de adobe. Algunas personas que descansaban en el porche de sus casas nos observaban algo sorprendidas. Pensamos que el circuito tal vez no fuera de lo más frecuentado por turistas occidentales, y de ahí su extrañeza. Aún y así todos los pobladores nos regalaron simpáticos namastéees a diestra y siniestra. Nuestro pedaleo se detuvo por momentos, ora a la vera del rio para ver a los búfalos tomar su baño y la fantástica diversidad de aves. Ora junto a los verdes campos de arroz, para fotografiar el contraste de los saris de las mujeres que les dedican horas de trabajo sometidas al ardiente astro.


Ya de regreso al hotel, no pudimos resistirnos a una merecida y refrescante cerveza bien fría mientras el sol se ponía sobre la inmensa floresta.


Al día siguiente muy temprano embarcamos hacia Lumbini, a tan sólo cuarenta y cinco minutos del paso fronterizo de Sounali. En este trayecto conocimos a Patrick y Zaida, madrileños ellos a pesar de sus nombres poco castizos, y de los pocos que encontramos en todo el viaje. Ambos bastante más jóvenes que nosotros, aunque no por eso una encantadora pareja con los que nos divertimos mucho el tiempo de viaje juntos hasta Varanasi, desde donde cada uno siguió por su lado. A buen seguro nos comeremos una paellita en Madrid cuando regresemos.


También conocimos a Gabi y Joao, brasilera ella y portugués él, residentes en Estrasburgo, y que junto con Patrick y Zaida hicimos nuestro primer viaje en el techo del autobús local que nos llevaría hasta la divisa con India. Un clásico que casi cualquier occidental quiere probar.











En Lumbini dedicamos un día a visitar el santuario donde nació Lord Buda, así como los templos que diferentes países y sus respectivas comunidades budistas han construido dentro del recinto del santuario. Como el recorrido era bastante extenso alquilamos nuevamente un par de bicis. Sobre ruedas llegamos a los templos de China, Tailandia y Alemania, que nosotros resaltaríamos como los más hermosos por su arquitectura, su colorido y fantásticos detalles.




Durante el recorrido paramos junto a una pequeña cabaña habitada por un anciano y un joven de no más de trece años. El anciano seguido por el muchacho se acercó hasta nosotros y comenzó a hablarnos en indi. No sabemos explicar muy bien cuál fue la magia de aquel lugar, que a pesar de no tener la mínima noción de su lengua, nos permitió entender lo que aquella persona quería comunicarnos. Nos explicó que el moraba en aquel mismo lugar mucho antes que cualquier templo fuese construido. Y que a pesar de sus achaques en las rodillas rezaba diariamente cumpliendo con sus obligaciones. Nos explicó que en aquella pequeña cabaña sólo vivían él y el joven rapaz, y nos invitó a comprobar por nosotros mismos lo humilde de su morada. No hizo falta, su mirada, la serenidad de sus palabras, y el hecho de que no nos pidiera dinero abiertamente, fue suficiente para que deseáramos ayudar a esas dos personas. Queríamos seguir allí, escuchar sus palabras que a pesar de ser extrañas para nosotros tenían mucho sentido. Partimos agradecidos por el momento vivido. Una última mirada atrás y vimos como joven y anciano retornaban con calmado paso al umbral de su cabaña, donde se sentaron del mismo modo que estaban cuando les encontramos.


namaste

domingo, 5 de septiembre de 2010

NEPAL, Pokhara conocido como el pequeño Tíbet

lago  Phewa


Pokhara se encuentra en una importante ruta comercial antigua entre el Tíbet y India.Una turística ciudad nepalí al borde de un lago.
La calle principal está abarrotada de restaurantes, cafés, comercios de suvenir y también de ropa de montaña. Las agencias de turismo ofrecen trekkings de varios días, rafting, city tours, alquiler de bicicletas y un largo etc. 






La primera noche dormimos en uno de los primeros GH que vimos. Ya el resto de nuestra estancia en Pokhara la pasamos en el Placid Valley Lodge. Llegamos a este lugar por medio de Germán y Mauricio, ambos argentinos y gente fina, que conocimos cenando y nos hablaron muy bien del Placid Valley. Rabin, propietario del GH con ocho habitaciones y un estupendo jardín, nos recibió muy amigablemente y siempre estuvo atento a cualquier necesidad que tuviéramos. El mismo Rabin nos explicó los posibles trekikings que se podían realizar en la región de los Annapurnas y consiguió que nos picara el gusanillo.


El día cinco de agosto y después de dos días preparando la marcha, nos pusimos en ruta hacia el Annapurna Sanctuary, o Annapurna Base Camp. Este lugar se encuentra a 4.130m de altitud, y desde aquí parten las expediciones que pretenden escalar las cumbres a su vuelta. Entre ellos el Annapurna I, arriba de los ocho mil. La temporada de monzón no es la idónea para estas excursiones, principalmente por la lluvia y porque las frecuentes nubes y nieblas ocultan el paisaje de los altos picos del Himalaya.

Decidimos ascender sin guía ni porteadores, a pelo vaya. Nos pertrechamos con un mapa, un equipo básico y ligero, y dejamos en el hotel el equipaje pesado y desnecesario. Si todo iba bien podríamos llegar al ABC en unos cinco días, y a razón de seis horas de marcha por día. A priori parecía asequible. 

Granduk (1940 m)


El paisaje del verde valle, y del camino que atravesando aldeas y arrozales se adentraba en la cordillera, nos atraía irremediablemente. Las montañas, que por estas fechas rujen por boca de sus caudalosos ríos blancos, se levantaban verticales y llenas de vegetación.  


Después de horas caminando nos encontramos con la primera subida por una empinada escalera de piedra. Cientos de escalones dispuestos para llegar hasta la cima, o hasta el siguiente valle. Allí los caminos son así. Miles de escalones que suben y bajan, y que se usan como únicas vías para desplazarte de un lugar a otro.

Anduvimos paso a paso mientras admirábamos la hermosura de aquel lugar y de sus gentes, fuertes y rudas. Es fantástico como en este rincón del planeta y a nuestro modo de entender, existe un equilibrio sostenible que explota la riqueza natural a través del turismo, y al mismo tiempo preserva el entorno y el modo de vida tradicional de este pueblo. Ya no se tienen diez o veinte búfalos, ahora tan sólo un par de ellos, pero se siguen cultivando arroz, verduras y maíz, que son parte fundamental de su dieta y de los que allí nos adentramos. 


Resulta sorprendente cruzarse con pequeños grupos de sonrientes y curiosos escolares uniformados que se dirigen a sus respectivas aulas. Algunos andan más de una hora para llegar al colegio, y la gran mayoría  enfrenta el camino calzados con chanclas y un paraguas plegable en la mochila por si les pilla el chaparrón.  
Día tras día progresamos en el duro ascenso al campo base. Y al final de cada etapa: Ghandrunk, Chomrong, Bamboo y Deurali, nos alimentábamos y descansábamos para continuar caminando al día siguiente. 
Encontramos excursionistas de diferentes países, algunos acompañados de sus guías nepalís, con los que nos encantaba charlar y bromear. Otros en grupo o inclusive solitarios aventureros que realizan la ascensión en tan sólo tres días.
Siempre hay gente en el camino, cuando no son porteadores que abastecen las aldeas, son moradores que  traen la comida de los búfalos. O los conducen en manada a su baño diario de lodo. Que vida buena tienen estos animales. A la piscina de barro por la mañana para huir del sol. Por la tarde al establo a comer todo lo que puedan, y por último les lavan en el rio antes de ir a dormir.











Cuando ves la pesada cesta que un aldeano o aldeana de sesenta años y fumador, carga en la espalda peldaño arriba para alimentar a una búfala, entiendes lo importante que es para esas personas, la leche que el animal ofrece en troca. 
Llegar al santuario fue celebrado como se merece, ya que tanto Indiana como Jones sudaron, y no sabéis como, para llegar a este culmen. Nos gustó pensar que el Machapochare, cima sagrada para los nepalís abrió las nubes y dejó entrar el sol del atardecer para que pudiéramos observar la deslumbrante belleza de las cumbres a nuestro alrededor. Todas blancas, cubiertas de hielos milenarios, y elevadas aún miles de metros sobre nuestras cabezas. Agradecimos a la montaña por aquel regalo y porque nos hubiera permitido llegar tan a sus adentros. Nos enamoraron la extraordinaria naturaleza que vimos en aquellos días entre bosques y ríos. Los pequeños y tradicionales pueblos que agarrados a las faldas de las altas lomas parecían querer desafiar a la ley de la gravedad. Y sin lugar a dudas la amabilidad y el calor de las orgullosas gentes de la montaña.    

Descendimos satisfechos por haber llegado hasta la meta propuesta, y felices por haber superado el duro trecho que nos separaba de nuestro objetivo. Antes de volver al asfalto, sin embargo, recibimos una última lección.Caminamos todo un día bajo  permanente y grosa lluvia,  para recordarnos que a esta montaña y en estas fechas, no se puede venir sin capa de lluvia.

De vuelta a Pokhara disfrutamos de un merecido descanso, y cuando Idiana y Jones se percataron que sus barrigas volvían a aumentar de tamaño, decidieron poner pies en polvorosa. De vuelta a empacar y al bus. Que pereza. Y si nos vamos navegando sugirió pícaro Jones. Como así? Respondió Indiana.



Mira, rafting por el lower Seti. Un paseo que habitualmente requiere tres días y  acampar en el rio, en estas fechas era posible recorrerlo en tan solo tres horas. ¡Emocionante! Además de ser el broche perfecto a un Nepal delicioso, el bote nos dejaría cerquita de la frontera con India, y no tendríamos que sufrir interminables horas de autobús.

Nos costó decidirnos. Pero después de muchas deliberaciones, optamos por volver y darle una nueva oportunidad a la India de todos los sentidos, la incredible India. Esta vez Kathmandú tendría que esperar.  
























(Una reciente normativa impide retornar a India si no han transcurrido al menos dos meses, desde que se abandona el país. Si como en nuestro caso, y el de infinidad de otros viajeros, se pretende volver a India en un plazo inferior al que señala la normativa, se puede solicitar un “Endorsement”. Es un permiso que hay que tramitar en Embajadas u oficinas gubernamentales habilitadas, y que exime al viajero de esta restricción. Pagas la correspondiente tasa y te ponen un sello más en el pasaporte.

Entramos en Nepal por el paso fronterizo de Sonauli. Caminamos por la carretera polvorienta que une ambos países y por la cual cruzaban de una lado a otro sin ningún control aparente, vehículos a motor cargados de las formas más diversas, bicis, peatones y vacas.

En el tenderete que habilitan a modo de oficina de inmigración, que más bien parecía un comercio local, nos estamparon el sello de salida en los pasaportes, y nos aseguraron que con eso sería suficiente para entrar nuevamente en India sin ningún tipo de restricción. Mentira y gorda. Después de las tres semanas que pasamos en Nepal, y cara a cara con el mismo tipo que nos juró y perjuró que no habría problema en volver a India antes dos meses, nos quedamos boquiabiertos al escuchar de su boca “big problem”. Al final pagamos allí mismo el importe que cobran por el endorsement que te permite regresar a India en un plazo inferior a los dos meses que estipula la normativa. Tuvimos suerte ya que aunque pagamos lo mismo que otros viajeros que realizaron el procedimiento en la embajada de India en Katmandhu, la forma en que salvamos la situación fue la de un descarado soborno, dinero al cajón, nuevo sello de entrada en el pasaporte y tira que aquí no pasa nada)



martes, 24 de agosto de 2010

MACLEOD GANJ – Rumbo a las montañas


El último trecho de este viaje es necesario hacerlo en autobús. Por un lado, reacios. Ya que la experiencia de la mayor parte de viajeros es que hay que evitarlos siempre que puedas. Y en este caso no se podía. Y por otro curiosos por tener nuestro propio viaje en un bus local, nos subimos al susodicho vehículo de transporte colectivo.


Cualquier autobús de la EMT sería de lujo al lado de aquel cacharro viejo, sucio, y duro. Pero que al final resultó fiable.

Viajamos incómodos, y no dos horas como nos confirmaron cuando compramos los billetes, sino tres largas gracias a las innumerables paradas para dejar y recoger pasajeros. A nosotros nos pareció una eternidad, las paradas aleatorias eran demasiado frecuentes y esto llegó a irritarnos. Creíamos que no llegaríamos nunca. Cuando dejamos la estación de autobuses hasta pensamos que aquel, no sería un lance demasiado duro por ir el autobús medio vacío. Qué ilusos. Si te descuidas te plantaban un paisano encima para optimizar el lucro del viaje. Te apretujan tanto que es imposible no conversar y conocer, al menos un poco, a otros sufridos pasajeros. La mayor parte de ellos locales. Eso sí, todos demostraban un admirable sentido del humor en aquellas circunstancia. No como nosotros.

También tuvimos la oportunidad de conocer a una joven pareja de franceses, Anaïs y Olivier, con quien compartimos los gastos del taxi para subir desde Daramshala hasta Mcleod. Así como los cuatro km de empinada carretera que separa ambas localidades, en un TATA diminuto con nuestras mochilas en el techo. Nos encontramos con ellos en otras ocasiones, tomamos algún té y comentábamos la jugada del día. La mayoría de las veces en el Green Guest House, donde podíamos conectar a internet y saciar nuestro apetito con las abundantes y excelentes comidas que servían. Los noodles riquísimos, especialidad que a la postre sería de las preferidas por Jones. Ya Indiana fue fiel al Veg Fried Rice . Sin lugar a dudas, a nuestro paso por Mcleod, este fue el lugar perfecto para relajarnos, tomar algo, charlar con otros viajeros, y también con los simpáticos propietarios del local.

Rio alrededores
En aquel pueblecito encontramos una gran cantidad de turistas. También muchas personas trabajando de forma voluntaria con las diferentes organizaciones que intentan salvaguardar la cultura tibetana. Entre los pobladores, una importante colonia de tibetanos refugiados que viven principalmente del comercio, de la artesanía, y del turismo. Tienen, junto con su máximo representante el Dalai Lama, la difícil tarea de mantener vivas sus reivindicaciones y lo que resta de su cultura. Se fueron estableciendo progresivamente desde que en 1960, el Dalai Lama y los primeros exiliados que huyeron de Tíbet cruzando el Himalaya, se instalaron en la vecina India. Desde entonces se dice que la mayor parte del patrimonio cultural tibetano ha sido eliminado a manos del gobierno chino. Hoy nos cuesta creer que con el peso de China en el mundo, el Dalai Lama y su pueblo, tengan una posibilidad real de recuperar su autonomía. O siquiera de ser reparados, si es que esto es posible.


Muchos son sin embargo los que siguen el budismo. Practicantes se acercan a este pueblo en las montañas desde lugares muy distintos. Vienen en una especie de peregrinación, como en una progresión de su vida espiritual.

De entre los turistas occidentales muchos todavía vienen a enriquecerse espiritualmente practicando yoga, meditación etc. Sin embargo nosotros distinguiríamos entre los que realmente estudian y practican estas técnicas de una forma seria. Y los que alcanzan su momento zen mientras toman una cerveza, o compran en las numerosas tiendas y puestos callejeros.

Nosotros decidimos proyectar nuestra energía a través de la gastronomía, ya que nos sedujo la variada oferta de cursos de cocina india, tibetana etc. que la ciudad ofrecía. Optamos por la culinaria india y al final de la clase los participantes del curso nos comimos las cinco recetas, incluido el postre, que la profesora Nisha preparó aquel día. Los platos fueron:

Chana Masala
Chana Masala – Garbanzos bastante especiados que se sirven con arroz. Para chuparse los dedos.


Vegi Pulao – Arroz con verduras, algo menos especiado pero inconfundible sabor indio.

Samosa – No estamos seguros de este nombre lo verificaremos, pero son como buñuelos fritos hechos con masa de chapati, y rellenos con verduras y patata cocida sofritas en especias. Good, good.

Barantha – Tortas de harina mezcladas con una masa de patata cocida especiada que se funde con la propia torta al aplanarla con el rodillo. Suena raro pero su elaboración es interesante y al final sabe riquísima.

Pudin de Arroz- O lo que vendría a ser nuestro arroz con leche pero con el toque indio. Un clásico.



Después de tres días parecía que aquel pueblo se nos quedaba pequeño. Había que pensar cuál sería el siguiente movimiento. Nos gusta el clima de montaña, pero moverse en India por ellas es un dolor. Mucho bus, además los tipos van como locos. Muchas curvas también, e innumerables horas para llegar a los lugares que nos interesaban. ¿Bajar a las planicies? Ni pensar, seguíamos bajo el implacable monzón, demasiado calor. Teníamos la sensación que India nos escupía fuera de sí. Que nos sacaba de refilón como lo hace una onda al liberar su proyectil. Sentíamos que no aguantaríamos allí. Necesitábamos tiempo antes intentar enfrentar el desafío de adentrarnos aún más en este país donde estábamos hacía apenas siete días. ¿Desistimos y nos vamos a Formentera? Sugería cobardemente Jones sin creerse lo que decía. Indiana fatigada pero firme determina: no, vamos en frente. Sí pero, ¿dónde? Por la información que teníamos el vecino Nepal, lleno de montañas a rebosar, pintaba perfecto para darnos este break. Es lo bueno que tiene viaja por libre, vas a donde quieres cuando quieres. Si las circunstancias lo permiten claro está.

Cuando nos decidimos, vimos que lo mejor era bajar a Delhi de nuevo. Horror, me niego, recelaba Indiana. Diez horas de bus, este algo más decente. Mas una hora extra por avería, tirados en una carretera india de noche. Un flipe.

El trayecto desde Mcleod en el norte de India hasta Pokhara en Nepal, destino objetivo, lo hicimos en dos días y medio con escala en Delhi. Esta vez descubrimos una cara diferente de la ciudad. Aquella donde los aseos públicos del precioso Lodi Park estaban más limpios que los de muchos hoteles o restaurantes, por increíble que parezca. Aquella donde los Indios de clase alta que van a los cafés de corte europeo, conversan en inglés entre ellos. Y no en indi como el populacho. Aquella donde el Embajador de España tiene su residencia. Y no estamos diciendo que hayamos sido convidados a tomar el té con él, ya nos hubiera gustado.











India is like a LSD, you can have a good trip or a bad trip. Anyway you will have your trip. 


domingo, 15 de agosto de 2010

AMRISTAR - En casa de los Sijs

Además de ser el medio de transporte más utilizado en India, y funcionar bastante bien pese a su necesaria modernización, viajar en tren es toda una experiencia en este país. La mayoría de viajeros recomienda hacerlo en Sleeper Class, o lo que sería coche cama, y en trayectos largos mejor hacerlo por la noche. Realmente barato te permite recorrer grandes distancias. Nuestro primer viaje duró unas diez u once horas, y a pesar de novatos no se nos dio mal, conseguimos dormir y prácticamente amanecimos en Amritsar. Hasta te ofrecen un té por la mañana para que te vayas despejando.



En esta ciudad se encuentra el Templo Dorado, probablemente el lugar de culto y peregrinación más importante para los Sijs.


Teníamos referencias de un albergue de peregrinos gratuito dentro del recinto del templo. En parte por la vivencia, y en parte para corregir desviaciones presupuestarias, optamos por probar suerte y partimos desde la estación de tren, en el también gratuito autobús que hace el trayecto hasta el Golden Temple llevando y trayendo peregrinos.


Al llegar, entre una multitud de devotos sijs, y acompañados por un estruendoso ruido metálico que nos sorprendió, nos fuimos adentrando hasta dar con las habitaciones que reservan para hospedar extranjeros. Para los sijs cualquier persona es bienvenida a su casa, a su templo. Extremadamente cordiales, a pesar de su apariencia amenazadora con sus a veces aparatosos turbantes, nos acomodaron, orientaron sobre algunas normas básicas, y nos hicieron sus recomendaciones para que nuestra estancia fuera plena y armoniosa.




Acto seguido nos invitaron amablemente a pasar por los comedores, y reponer energías junto con otros peregrinos. Aquí llegan a ofrecer hasta 40.000 raciones diarias, así que os podéis imaginar el tamaño de los fogones de aquel lugar, y la cantidad de bandejas, cuencos, tazas de aluminio que no paran en el circuito que va del comedor a las enormes pilas de lavado, y de vuelta al comedor en un incesante ir y venir. Descubrimos en ese instante de donde provenía el clan clan metálico que nos dejó tan curiosos cuando llegamos al templo.
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Entrar en un comedor donde tal vez almuerzan más de 500 personas, sin ningún tipo de mobiliario, en su lugar unas alfombras estrechas y que cruzan longitudinalmente la enorme sala, donde todos y cada unos de los que entra en este gran salón se acomoda uno al lado de otro hasta completar cada fila, es algo que no habíamos hecho hasta ahora, el momento Langar, en el que personas de cualquier casta o credo se sientan juntas para compartir una comida preparada por voluntarios en la cocina común del templo.

 
Una vez que todo el mundo ocupa su lugar y lleno hasta la bandera, los que desempeñan el rol de “meseros” recorren las largas filas. Unos provistos de judías o de lentejas, otros de cestas de “Chapati” o pan indio, y otros con grandes jarras de agua, reparten a cada comensal, mujer, hombre o niño/a, sus respectivas raciones como si de una carrera se tratase. Básicamente es como la escena donde se reparte el rancho a la tropa a golpe de cazo, sin embargo aquí la comida es sabrosa y copiosa, producto de la generosidad sij.


Tenemos que reconocer que inicialmente nos sentimos algo intimidados por el entorno, pero a medida que transcurría el tiempo y observábamos aquel santuario y las gentes que lo visitan, llegamos a tener la sensación de ser dos peregrinos más, independientemente de no profesar su religión.


A lo largo del día que estuvimos en el Templo Dorado conocimos a Mariana, llevaba casi seis meses en India y nos platicó bastante sobre su experiencia. Quedamos en tomarnos unos tequilas algún día en México lindo, donde ella vive. Indiana ama Frida.


También nos topamos con una simpática familia formada por una japonesa, un español, y su espabilado y trilingüe hijo de cuatro años. Todos residen en Londres y estaban de vacaciones, esa noche el padre de familia durmió en el suelo junto con otros viajeros porque no había suficientes camas. Venían de pasar unos días en las montañas, en la pequeña ciudad de Mcleod Ganj, donde se ubica el gobierno de Tíbet en el exilio y reside el 14⁰ Dalai Lama. Esta familia lo pasó fenomenal por las alturas según nos contaron, y aunque en estas fechas, finales de Julio, llueve bastante, la temperatura es más templada, lo que era sin duda un gran aliciente para llegar hasta allí. No lo dudamos mucho, y al día siguiente temprano arrancamos en dirección norte. Cuatro horas de tren más 3 de bus, serían necesarias para alcanzar nuestro próximo destino.


Antes dimos una última vuelta alrededor del lago que rodea al Templo Dorado, miramos otra vez como los sijs se bañan en sus aguas siguiendo rituales propios de su religión y sentimos una paz difícil de describir. La comunidad Sij nos emocionó, su generosidad, la forma en que se organizan para que todo esté en orden y al servicio de tanta gente, su capacidad de trabajo, su amabilidad y su simpatía. Por nuestra parte dejamos nuestro donativo, una nimiedad al lado de lo que recibimos.

miércoles, 4 de agosto de 2010

NEW DELHI ... vivir para contarlo...

Sorpresa, sorpresa, y es que Delhi no defrauda en este sentido. Puedes haber leído mil experiencias de otros viajeros, o buceado en multitud de informaciones prácticas que pretenden prepararte para la experiencia, sin embargo nunca es suficiente, y nada de esto puede si quiera proporcionar una visión comparable al sentimiento de llegar a la capital de India por primera vez. Puede sonar a tópico pero es real.

Ya en el trayecto de taxi desde el aeropuerto hasta el hotel Ginger, donde nos alojaríamos por tres noches, no podíamos dar crédito a nuestros ojos, y eso que era de noche, pero tampoco al resto de los sentidos. En ese momento nuestras caras eran un poema, y es que eran el auténtico reflejo de nuestras almas. No nos podíamos creer que por decisión propia estuviéramos en un lugar tan distante, no en kilómetros, sino de nuestro concepto de vida. Las personas duermen en las aceras o incluso las calzadas, envueltas por una atmósfera rancia y sofocante, a veces medio vestidas, y sin más colchón que el duro suelo. Se nos antojaban escenas irreales, más propias de un escenario de un lugar azotado por alguna catástrofe, que el de una ciudad en su pulso normal.



Decidimos dormir, descansar de nuestro viaje y dejar que la luz del día nos aportase otra visión, otro sentimiento. No fue así, más bien confirmamos lo dura que es la vida en esta ciudad, incluso para un turista.



No nos desesperamos, y aunque quisimos agarrar el primer vuelo de vuelta a unas vacaciones playeras en algún lindo lugar del litoral español, nos armamos de coraje, hicimos alarde de nuestra cabezonería y nos tiramos a la calle. En cuanto pusimos nuestros pies lejos del aire acondicionado, entendimos porque la gente evita venir en estas fechas, el calor húmedo es literalmente insoportable, simplesmente nos licuamos a chorros por cada poro de la piel.



Como el hotel queda al lado de la estación de tren de New Delhi, decidimos comprar los billetes para nuestro próximo destino, y garantizar nuestros lugares en el tren en la fecha deseada. Este lugar es una locura, no en vano la red ferroviaria india mueve cada día más de once millones de viajeros. Desde el comienzo el asalto de los comisionistas con su discurso amable inicial, where are you from friends? How long in India? etc etc. En nuestra búsqueda de la oficina de reservas para foráneos fuimos rescatados y orientados por un espontaneo coreano al cual agradecimos de corazón. Listo; nuestro siguiente destino Armistar, al norte del país pretendiendo huir de la asfixiante Delhi.



Ataviados como dos auténticos turistones y bien provistos de agua, nos vamos a visitar algunos monumentos, lo que nos lleva a nuestras primeras negociaciones con los conductores de Rickshaw. Te rodean, te hablan todos a la vez, y se chingan entre ellos por atreverse a bajarte un poco el precio después de nuestra insistencia. Es desgastante pero después de la primera vez te acabas acostumbrando, te tienes que acostumbrar. Buscando soluciones para desplazarnos descubrimos el metro, que lejos de cualquier expectativa creada por añadidura, puede ser un auténtico oasis bajo la agobiante superficie de la ciudad. Limpio, con aire acondicionado y sin los permanentes bocinazos de los millones de vehículos que circulan por sus calles.



También hicimos nuestros primeros pinitos gastronómicos a base de Dosas, plato típico del sur y algún que otro Thali. A Indiana incluso le han ayudado a regular su intestino, y a Jones, un buen tragaldabas como sabéis, no le ha costado mucho superar este lance y está disfrutando ampliando sus horizontes culinarios.



Sobre Delhi poco más se puede decir que no se haya escrito ya. Es una ciudad sucia, que nunca tiene el cielo azul y en la que resulta difícil relajarte. Sus gentes son de lo más variopinto, y pese su a excesiva y casi ofensiva curiosidad, su falta de cortesía, patente al colarse con todo descaro en cualquier fila sin ningún tipo de constreñimiento, y sus mañas para intentar sacarte algo, observamos, que por lo general son personas bastante cordiales.



Con estas sensaciones, y la de dejar una ciudad que no acabaríamos de conocer, ni ganas que teníamos, partimos sin mirar atrás.