viernes, 5 de noviembre de 2010

PUSHKAR - Enjoy the silence

El viaje hasta Pushkar fue pan comido, apenas tres horas en un bus confortable y curiosamente medio vacío. Igualmente sencillo fue encontrar un alojamiento confortable, de arquitectura tradicional y auténtico sabor indio para los siguientes cuatro días. Era hora de parar para descansar.


Esta peculiar ciudad es una de las más antiguas de India, y se articula en torno a un lago sagrado. De hecho aquí se arrojaron las cenizas de Gandhi y es una especie de Meca para los hindúes. Además cuenta con uno de los pocos templos en honor a Brahma, dios responsable por la creación del mundo según el hinduismo.


Tuvimos suerte, y nuestra estancia coincidió con un importante festival religioso. Aunque a estas alturas del viaje ya no sabíamos si era suerte, o es que las festividades religiosas en este país se suceden sin parar una tras otra debido al sinnúmero de dioses y divinidades que forman parte del credo hinduista. La ciudad estaba repleta de peregrinos que llegaban de todas partes de India ofreciendo un verdadero espectáculo de color.


Era curioso ver desembarcar a grandes grupos familiares, podríamos decir que aldeas completas. Cargaban con sus escasos enseres de viaje, y algunos víveres para los días que allí pasarían. La mayor parte de ellos procedentes de regiones rurales, y rápidamente identificables por sus atuendos y sus procesiones en grupo. Delante caminaban los hombres, vestidos de blanco, con turbantes de colores chillones e inconfundibles mostachos. Detrás el resto del grupo familiar, mujeres con coloridos saris, y niños y niñas de diferentes edades.

Desde la calle que circunda el lago, era posible acceder a los ghats y escalinatas que conducen hasta las aguas sagradas para la purificación a través del baño. Allí los devotos siguen rituales similares a los que observamos en Varanasi, aunque también es posible encontrar busca vidas que tratan de sacar algunas rupias. Con la excusa de que es un lugar sagrado intentan forzarte a realizar ofrendas que debes pagar a precio de oro, o por el contrario te amenazan en tono bastante agresivo con las peores desgracias familiares etc. "Bad karma" le respondimos a uno de estos caraduras que nos levantó la voz por negarnos a caer en su armadilla para turistas. Salvo el juego de cintura del cuál tuvimos que hacer uso para zafarnos de los falsos sacerdotes y liantes varios, los días en Pushkar transcurrieron en paz y fueron de lo más tranquilos. Nos dedicamos a pasear de aquí para allá, a saborear las especialidades vegetarianas propias de un lugar sagrado, a regatear con los comerciantes de suvenires por baratijas. Después de tres días en la ciudad ya nos saludaban al pasar como si fuéramos vecinos del barrio.


Es gracioso como con apenas este tiempo se supera el estatus de visitante, y ya no insisten tanto para que entres a su local. O a lo mejor es que sabían que no éramos de los occidentales que abre la cartera a la primera de cambio, y no merecíamos siquiera el esfuerzo de atraer nuestra atención. Pero sin lugar a dudas lo que más nos impresionó fueron las celestiales puestas de sol al borde del lago. Durante los minutos que el sol caía, nuestros pensamientos se relajaban y nos fundíamos en la vida de aquel lugar. Podríamos haber repetido el mismo ritual un día tras otro sin saber cuándo nos cansaríamos, tan sólo por disfrutar de aquella visión, de aquel silencio.






jueves, 4 de noviembre de 2010

JAIPUR - La ville en rose

Esta vez el tren no disponía de la ya familiar y relativamente confortable sleeper class, así que nos tocó viajar en lo que la red de ferrocarriles indios denomina passenger train.  O lo que es lo mismo, pilla sitio si puedes y no te muevas porque te lo quitan. Aunque separados, conseguimos acomodarnos, y también nuestras mochilas. No obstante y a medida que el tren realizaba paradas, sus vagones se fueron llenando hasta límites insospechados. Una vez más la paciencia y tolerancia de los indios, tal vez más acostumbrados a desplazarse durante horas apretados como sardinas en lata, se pusieron de manifiesto. Con un simple gesto de la mano te dicen: échate pallá y déjame un huequito, y donde hay espacio previsto para tres se acomodan cinco y hasta seis personas. Nadie protesta, al contrario, las personas se estrujan un poco más y allí le hacen hueco a un viajero más. Hoy por ti, mañana por mí.


Así llegamos a Jaipur, a las once de la noche y algo tarde para lo acostumbrado, ya que usualmente intentábamos llegar a destino antes del anochecer con objetivo de evitar pagar precios altos por no tener tiempo de elegir y negociar el alojamiento que mejor se adecuase a nuestro presupuesto. Al final usamos nuestros recursos y encontramos solución llorando por un descuento en un hotel de categoría superior, el cual obtuvimos después de mucho insistir y donde por fin y ya entrada la madrugada, nos pudimos dar una ducha y descansar.

 Jaipur nos sorprendió por ser una ciudad bastante desarrollada, con mucha actividad y por ello algo caótica y con mucho tráfico. No obstante su dimensión nos animó a caminar hasta el centro histórico o ciudad vieja para recorrer las estrechas calles de su gran bazar. Siempre es divertido observar la enorme diversidad de mercancías que se venden en estos lugares. Al cabo de algún tiempo caminando los bocinazos de las incontables motocicletas que se abren paso entre peatones y vacas, van mermando la curiosidad y acaban por desesperarte. Para remediarlo decidimos probar los masajes ayurvedicas, que son masajes tradicionales pero regados a oleos y esencias medicinales. En general las terapias ayurvedicas están muy de moda en India y fuera de ella y desde luego a nosotros nos dejó suavecitos.


Para finalizar Jaipur negociamos medio día con un simpático y joven conductor de rickshaw con el fin de optimizar nuestro tiempo. Elegimos visitar un museo al aire libre lleno de estructuras que permiten medir con precisión latitudes, longitudes y muchas otras variables astrológicas y astronómicas. Todo fue construido gracias al afán de conocimiento del cosmos de su mecenas y artífice el señor marajá de la época y allá para el siglo XVI ó XVII.
 

Después unas tumbas donde reinaba una paz y tranquilidad que apreciamos sin prisas, y con las mismas a la estación de autobuses. 





Próxima parada Pushkar, ciudad sagrada y frecuentemente recomendada por otros viajeros para dejar correr el tiempo.

martes, 19 de octubre de 2010

AGRA - Nuestra historia en el inigualable túmulo blanco

Que fabulosos días tuvimos en Khajuraho y Orccha! Sin embargo aún nos quedaban un par de ciudades antes de la siguiente parada prolongada que sería de unos cuatro días en la ciudad de Pushkar.

Si bien la sensación que nos abordaba no era precisamente de entusiasmo ya que no iríamos a descubrir nada “nuevo”, nos motivamos con la idea de apreciar esta maravilla arquitectónica, y saber que con ello, y al final, nuestro tour Indio estaría redondito.


Jones se levantó medio apático, y aunque tenía la batería cargada para continuar con la mochila al hombro, su energía parecía disiparse con inusual rapidez. Me siento extraño, creo que algo no está en su sitio, le decía a su fiel compañera. Como la noche anterior el sabio cuerpo de Indiana puso fuera de sí todo lo ingerido apenas una hora después de haber consumido el alimento que fuera su cena, ambos comenzaron a atar cabos. Caramba que mala suerte; con lo bien que íbamos. Jones aguantó hasta llegar al guest house de Agra, pero poco después se derrumbó en la cama abatido por un gran malestar acorde con los treinta y nueve grados de su temperatura corporal.


La madre que los parió, maldecía él a sabiendas que esto no sería consuelo ni solución al mal que sufría. La situación no mejoraba a pesar de los cuidados y todo el cariño que Indiana suministró a Jones. Juntos decidieron poner en marcha el plan de choque, y cruzaron los dedos para que funcionase. Antibiótico contra la galopante diarrea y suero de hidratación fueron finalmente efectivos, y en menos de cuarenta y ocho horas Jones estaba felizmente repuesto.


El lugar donde nos hospedamos, económico y confortable, resultó de gran ayuda en aquella parada forzosa. Programamos la visita al mayor y probablemente más hermoso monumento construido en nombre del amor. Seguro que la mayoría conocéis la historia de este inigualable túmulo blanco, y si no ya sabéis, recurrid a vuestra fuente de información favorita.



Madrugamos mucho para evitar las multitudes de turistas que tanto indios como extranjeros, y sin razón de día o época del año, abarrotan cada canto del monumento más famoso de India. Mismo abonando mucho más de lo que llegáramos a pagar por visitar cualquier otro lugar de interés cultural en el país de Gandhi, la experiencia fue positiva y merecedora del monto pagado. Disfrutamos muchísimo caminando descalzos sobre el mármol, admirando la simetría de sus estructuras y sintiendo el amor razón de su existencia irradiado por sus paredes blancas y repletas de ricos y laboriosos detalles.



Rondando ya el medio día y después de haber tomado un ligero desayuno a base de fruta, tostadas y el habitual black tea, nos propusimos visitar otro de los puntos turísticos de la ciudad, el fuerte de Agra. La robusta fortaleza construida en piedra roja alberga palacios, diversas salas del trono decoradas con todo lujo de detalles, jardines con fuentes, y desde su zona más elevada es posible divisar el rio, el Taj Mahal a su vera, y parte de la ciudad.



Agotados por el madrugón y el sofocante calor corrimos al guest house donde negociamos un late check out para poder dormir una siesta antes de emprender el viaje hasta Jaipur.

viernes, 1 de octubre de 2010

ORCCHA - Ocasos místicos

En Orccha también lo pasamos de lo lindo entre numerosos, aunque no tan antiguos, vestigios de un pasado esplendoroso. Aquí la mayoría de monumentos datan del siglo XVI, y corresponden al apogeo del imperio Mongol. Aunque la falta de recursos del Ministerio de Arqueological Survey of India hace que estén bastante abandonados, no deja de merecer la pena visitarlos.

Orccha al igual que Khajuraho es una pequeñísima población con todo el encanto de las zonas rurales de este país.




Nada más llegar, y después de alojarnos y reponer fuerzas, dimos nuestra habitual vuelta de reconocimiento, y nos encaminamos a uno de los templos situados dentro del casco urbano. Estaba atardeciendo, y mientras Jones hacía algunas fotos del exterior, el joven guardián y habitante del templo, hijo de su predecesor quien también residió en el edificio histórico, asaltó a Indiana con una sonrisa y una propuesta tentadora. Quieres ver un nido de buitres con dos polluelos de estas maravillosas aves? Sin que Jones tuviese tiempo de reaccionar, ya que estaba convencido de que aquello era una encerrona, ambos siguieron los pasos del individuo a través de estrechas y empinadas escaleras, y laberínticos corredores. Aquí nos la van a liar parda pensaba Jones para sus adentros sin querer ser un aguafiestas. Sin embargo se limitó a mantener los ojos bien abiertos, y a tomar referencias caso tuvieran que salir corriendo de aquel lugar. Al cabo de unos minutos de dura ascensión llegamos a la azotea del templo, desde donde las vistas eran hermosas y un placer para nuestros ojos.

Estábamos en lo más alto del monumento con un tipo que acabábamos de conocer, y a pesar del espectacular paisaje que se nos mostraba, seguíamos desconfiados. Nuestro guía nos llevó hasta el lugar desde el cual se podía avistar el nido, y nos quedamos sobrecogidos al ver dos pequeños buitres con su plumaje blanquecino, y la enorme colonia de estas aves que habitaba en la torre más alta del templo. Despegaban y aterrizaban permanentemente cual pequeños aeroplanos, dada su increíble envergadura. No podíamos dar crédito, animales tan fascinantes en acción y tan cerca de nosotros. Ni las tan comunes cigüeñas del país donde vivimos habían aparecido nunca tan accesibles. Jones no paraba de sacar fotos intentando captar el vuelo de los buitres, mientras advertía a Indiana que no se acercase mucho al borde del tejado ya que la altura sería insalvable para cualquier humano. Con el paso del tiempo nos fuimos relajando, y profundizamos en la conversación con nuestro espontaneo guía quien nos confiaba generosamente toda la información que le requeríamos. Todo era tan ideal, que seguíamos sin estar plenamente convencidos de que aquello fuera a terminar bien. Llegó un punto en que nuestro anfitrión nos propuso ir a comprar unas cervezas, para tomarlas en la azotea mientras disfrutábamos de la puesta de sol. Aceptamos y él salió a la carrera sin siquiera pedirnos unas rupias para sufragar el gasto. Durante el tiempo que esperaron por las bebidas, Indiana y Jones conversaron sobre como muchas veces las cosas no son lo que parecen, y como por excesivo miedo o desconfianza podemos dejar escapar momentos irrepetibles y oportunidades únicas. Esta enseñanza y la de testar nuestra capacidad de asumir ciertos riesgos, fue junto con la espectacular puesta de sol, el mejor regalo que tuvimos aquel día y durante toda nuestra estancia en Orccha.


Lógicamente pagamos el tan preciado jugo de cebada, y ya sin sol y al abandonar el templo, aquella persona que nos acompañó y nos mostró toda aquella belleza nos enseñó algo más. Nos presentó a un buen amigo suyo. Un sadu anciano y ciego que vivía a las puertas del templo. Un sadu es una especie de brhaman, una persona sabia y con una clara vocación religiosa que para nuestro deleite final cantó acompañado de su instrumento, y compartió su típico tabaco con nosotros. Aquel día ya en perfecta sintonía con el lugar y sus pobladores, cenamos en el mercado callejero donde degustamos deliciosas samosas y vegetales bien especiados en delicadas hojas de bananera que se usan a modo de platos. Aquel día no pudimos irnos más felices a la cama.




Ya al día siguiente visitamos los palacios del recinto amurallado, caminamos entre tumbas imperiales al borde del rio, y subimos a colinas para visitar templos con restos de delicadas pinturas las cuales infelizmente no se conservan en buen estado. Al anochecer, exhaustos de tanta caminata decidimos cambiar los puestos callejeros que a simple vista parecen sucios y desagradables, por el restaurante con terraza, aire acondicionado y un batallón de camareros. Craso error que sólo vendría a confirmarse en días posteriores. Después de cenar, y ajenos aún a la desconfortable reacción de los alimentos de aquel lugar aparentemente limpio y de confianza, Indiana y Jones se miraron con ojos felices, y se felicitaron mutuamente por haber decidido llegar hasta aquel destino remoto, y vivir lo vivido el tiempo que allí pararon.

jueves, 30 de septiembre de 2010

KHAJURAHO – Hummm! Let's go learn more about KamaSutra.

Al amanecer del trigésimo primer día de nuestro viaje, arribamos a Khajuraho después de una noche viajando en la ya familiar sleeper class del tren que nos traía desde Varanasi, diez horitas de nada. En manada junto con Gabi y Joao, y también David, vecino de Malasaña y fumador empedernido aunque agradabilísima persona, a quien conocimos en el tren, iniciamos el consabido ritual de cualquier mochilero de bajo presupuesto, el periplo por las diferentes hospederías del lugar para encontrar donde reposar nuestros cansados pero ya curtidos cuerpos. El trabajo en equipo funcionó, y la negociación nos proporcionó unas excelentes habitaciones hasta con suelo en marmóre por tan solo doscientas cincuenta rupias, una ganga.

El primer día descansamos, comimos, leímos, escribimos, navegamos por internet, y dedicamos un tiempo a todas y cada una de las personas del lugar que se nos acercaban curiosas cuando paseábamos por la calle principal del pueblo. Aún hoy no entendemos porque los occidentales despertamos tanta curiosidad en estas gentes. Está claro que muchos quieren atraerte a sus negocios, pero continúan exageradamente expectantes y curiosos aún cuando perciben nuestro rotundo desinterés en sus diversas propuestas. En episodios anteriores, más concretamente en la estación de Gorakphur donde tomamos el tren que nos llevaría a Varanasi, la policía tuvo que disolver una concentración de personas que se formó a nuestro alrededor, y que a pesar de no llegar a asustarnos ya que formábamos grupo con otros viajeros, era descaradamente desproporcionada y apabullante.

En Khajuraho disfrutamos de la tranquilidad de un pequeño pueblo formado apenas por una calle principal. En ella se aglutinan comercios, hoteles y restaurantes. En el cruce de esta calle con la carretera que llega hasta el pueblo, se ubica el recinto donde se encuentran los templos que son considerados patrimonio de la humanidad. En esta localidad hay tres conjuntos de templos, y aunque es posible visitarlos todos, sólo el que está aledaño a la calle principal está restaurado, y por tanto hay que pagar la correspondiente entrada para recorrerlo. Los templos de Kajuraho constituyen hasta la fecha un misterio histórico, ya que la grandeza y lo imponente de sus construcciones no se corresponde con la importancia de los núcleos habitados cercanos. Es decir, se encuentran en medio de nada, y nada en los alrededores ofrece alguna pista de porque sus creadores decidieron construirlos en estos parajes. Se cree que fueron edificados hace miles de años por alguna civilización que, por alguna razón desconocida para los historiadores, los abandonó algún tiempo después. Se especula que tal vez su abandono fue motivado por la invasión de algún pueblo hostil que no comulgaba con las creencias religiosas del pueblo que edificó estas joyas.
 
Además, y lo más curioso de estos santuarios, es que están ricamente adornados con infinidad de esculturas de todo tipo, aunque las de marcado carácter erótico resaltan sobre todas las demás. Pues sí, aparentemente para sus diseñadores, el sexo era algo tan sagrado que debía estar representado en los fabulosos detalles que recubren cada centímetro de sus estructuras. Una cosa esta clara, sabían venerar las cosas buenas de la vida, y lo hacían con mucho arte. Tanto que el oficial inglés que descubrió los templos durante una expedición, llegó a calificar algunas de las representaciones como demasiado obscenas y explícitas para lo recatado de las costumbres británicas de finales del siglo XIX.

Antes de dejar Khajuraho, un chaparrón, coletazo de la temporada de lluvias, nos dejó aislados en nuestro cuarto por un par de horas. Era impresionante como las nubes descargaban agua torrencialmente y sin parar. El propietario del GH comentaba que no veía llover así hacía lo menos treinta años, mientras coordinaba a los trabajadores del hotel en su afán por drenar la ingente cantidad de agua, y evitar la inundación de los cuartos inferiores.  Aunque los afanados indios trabajaron duramente practicando  agujeros incluso en muros, para dar una vía de escape al agua que subía rápida y peligrosamente de nivel, no consiguieron que el líquido elemento invadiese algunas habitaciones, y mantuviese algunos turistas encima de sus camas junto con todas sus pertenencias para evitar que el agua les llegase a los tobillos. Nosotros tuvimos suerte y pudimos escapar del desaguisado. Ajenos desde hacía tiempo a las noticias, ese día observamos en directo lo devastadora que puede ser la naturaleza en cuestión de minutos, y nos alegramos por no estar en las poblaciones de montaña en la frontera con Pakistán que este año han sido tan duramente castigadas. Inclusive y de camino a Orccha, nuestro siguiente destino, conocimos un francés que vivió días angustiosos y tuvo que ser rescatado en un helicóptero de la armada de su país junto con otros turistas, después de permanecer aislado por casi una semana en la norteña región montañosa próxima a Leh.  

viernes, 24 de septiembre de 2010

VARANASI – ENCUENTROS EN LA TERCERA FASE

Nuestro reencuentro con India fue todo lo que esperábamos, caos, mucha gente, polución y algunas cosas más que configuraban la ensalada que tres semanas atrás no habíamos podido digerir. Ahora sin embargo estábamos preparados, o por lo menos eso creíamos. Decidimos ponernos a prueba en Varanasi, un clásico del circuito turístico Indio.



El agua de sus pies es el sagrado Ganges.
Se cree que esta ciudad tuvo origen hace cuatro mil años, y posee una fuerte carga mística para los hindúes. Aquí muchos de ellos vienen a morir, convencidos de que una vez cremados en las piras funerarias a orillas del rio Ganga, como ellos llaman al Ganges, y sus cenizas arrojadas a sus sagradas aguas, se verán libres de una vez por todas del ciclo de reencarnaciones terrenales. Este rio no es sólo el fin, es también el principio y el durante, es la vida y la muerte. En sus orillas las mujeres lavan la ropa, otros toman baño y rezan sus oraciones, algunos se ganan la vida remando a favor y contra la corriente para recreo de los turistas, y otros simplemente se sientan a meditar o participar de alguna animada conversación.



En los Ghats, que es donde se quema a los difuntos después del ceremonial baño del cuerpo en las aguas del rio, el ambiente es solemne. No photos, no video, and respect the families, es lo que los guías aconsejan incansablemente si no quieres verte en un embrollo.

Las personas que trabajan en los ghats tienen que ser de la casta reservada para este tipo de función. Ellos se encargan, después de cobrar a la familia del fallecido por la leña y el servicio prestado, de asegurarse que el cuerpo arda hasta convertirse en cenizas para después arrojarlas al rio. En realidad no siguen ningún ritual espiritual al esparcir en el agua las cenizas recogidas, sino que las filtran a través de un cesto de mimbre para recuperar pequeñas piezas de oro que los muertos aún portaban cuando empezaban a ser consumidos por las llamas.

Las familias pudientes incineran a sus seres queridos con madera de sándalo, realmente cara, mientras que los más miserables son sencillamente arrojados a las divinas y contaminadas aguas del rio sin siquiera ser devorados primero por las llamas. La escena de un cuervo picoteando un cuerpo humano hinchado y azul que flotaba en el rio, fue algo que presenciamos entre atónitos y escandalizados mientras desayunábamos en la azotea de un bonito guest house.

Las escalinatas, los ghat´s están a todas horas invadidos
 de gentes que se bañan en el río ...

En Varanasi cumplimos con el protocolo del turista. Presenciamos ritos funerarios en algunos ghats, paseamos por las estrechas calles de la ciudad, visitamos las aún artesanales fábricas de seda, y acudimos a la ceremonia vespertina que con motivo del festival religioso de turno se celebraba en el main ghat.




Sin embargo aconteció algo mucho más importante para nosotros, y fue que empezamos a saborear la esencia de India. Fue apenas un pequeño bocado de lo que aún nos depararía este país, pero que despertó nuestro apetito.
Por primera vez queríamos más. 

El propietario del hotel donde nos alojamos resumía la experiencia de vivir India comparándola al hecho de tomar un éxtasis: “In India you can have a good trip or maybe you can have a bad trip, but somehow you will have your trip”. El tipo había vivido gran parte de su vida en Inglaterra, estaba casado con una japonesa y juntos tenían un hijo que con apenas tres años de edad había viajado a varios países.

 En Varanasi aprendimos como lo espiritual está intrínsecamente ligado a la vida cotidiana de sus gentes. Descubrimos que a pesar de muchas de sus actitudes parecer defectos o falta de educación si comparados con el padrón occidental, los Indios son ambles y bondadosos, al tiempo que discretamente orgullosos de su cultura.


Una vez más y al cabo de un par de días nos encaminamos a la estación de trenes con destino a Kajuharo, pero esta vez con la sensación de partir tempra-namente.

viernes, 10 de septiembre de 2010

NEPAL - Primeras pedaladas...

Antes de pisar suelo indio nuevamente, gastamos unos días visitando el parque nacional de Chitwan y de camino, pasamos por la ciudad santuario donde nació Buda, Lumbini.


La reserva es exuberante, y vital para la abundante fauna que allí habita. Uno de sus reclamos más importantes, es el avistamiento de tigres y rinocerontes durante un paseo por la frondosa selva a lomos de un enorme elefante. La verdad es que nunca habíamos estado tan cerca de uno de estos admirables paquidermos. Los guías los conducían por la carreterilla que bordea los límites del parque, y caminando, era frecuente cruzase con ellos, y observar sus lentos y pesados movimientos desde bien cerquita.


No pudimos evitar sentir lástima cuando deteníamos nuestra vista en ellos, sus expresiones eran como de resignación, y al final optamos por no ser una turística carga más. Además, la rústica plataforma de madera donde te acomodaban, no parecía muy confortable para balancearte durante dos horas. Desde luego nada que ver con las lujosísimas monturas que los marajás usaban para practicar la caza del tigre, que socialmente era considerado símbolo de hombría. Demostrar la de dichos personajes reales, llegó a suponer la muerte diaria de decenas de estos majestuosos animales durante las prolongadas, y multitudinarias cacerías. Por otro lado en estas fechas el calor y la humedad aún eran muy altos dentro del parque, y al haber mucha agua por todas partes eran menores las oportunidades de toparse con algún mamífero exótico, ya que no se desplazan tanto para saciar su sed. Con todo, y a pesar de que la mayoría de turistas recomendaban el paseo, nosotros decidimos guardar nuestro dinero para una mejor ocasión.


Optamos por alquilar unas bicicletas, y pedalear el día entero por las pequeñas aldeas a lo largo del rio que recorre parte del parque. Nuestro medio de transporte estaba algo oxidado, y pesaba considerablemente más que cualquiera de nuestros velocípedos de montaña. Pero allí todo el mundo se desplazaba en ellas, así que a probar nosotros también.




A ritmo local recorrimos los alrededores. Disfrutamos atravesando poblaciones rurales donde apreciamos cómo vive la gente del campo que aún depende del trabajo en el arrozal, y de sus búfalos. Fuegos hogareños permanentemente encendidos para cocinar en chozas de adobe. Algunas personas que descansaban en el porche de sus casas nos observaban algo sorprendidas. Pensamos que el circuito tal vez no fuera de lo más frecuentado por turistas occidentales, y de ahí su extrañeza. Aún y así todos los pobladores nos regalaron simpáticos namastéees a diestra y siniestra. Nuestro pedaleo se detuvo por momentos, ora a la vera del rio para ver a los búfalos tomar su baño y la fantástica diversidad de aves. Ora junto a los verdes campos de arroz, para fotografiar el contraste de los saris de las mujeres que les dedican horas de trabajo sometidas al ardiente astro.


Ya de regreso al hotel, no pudimos resistirnos a una merecida y refrescante cerveza bien fría mientras el sol se ponía sobre la inmensa floresta.


Al día siguiente muy temprano embarcamos hacia Lumbini, a tan sólo cuarenta y cinco minutos del paso fronterizo de Sounali. En este trayecto conocimos a Patrick y Zaida, madrileños ellos a pesar de sus nombres poco castizos, y de los pocos que encontramos en todo el viaje. Ambos bastante más jóvenes que nosotros, aunque no por eso una encantadora pareja con los que nos divertimos mucho el tiempo de viaje juntos hasta Varanasi, desde donde cada uno siguió por su lado. A buen seguro nos comeremos una paellita en Madrid cuando regresemos.


También conocimos a Gabi y Joao, brasilera ella y portugués él, residentes en Estrasburgo, y que junto con Patrick y Zaida hicimos nuestro primer viaje en el techo del autobús local que nos llevaría hasta la divisa con India. Un clásico que casi cualquier occidental quiere probar.











En Lumbini dedicamos un día a visitar el santuario donde nació Lord Buda, así como los templos que diferentes países y sus respectivas comunidades budistas han construido dentro del recinto del santuario. Como el recorrido era bastante extenso alquilamos nuevamente un par de bicis. Sobre ruedas llegamos a los templos de China, Tailandia y Alemania, que nosotros resaltaríamos como los más hermosos por su arquitectura, su colorido y fantásticos detalles.




Durante el recorrido paramos junto a una pequeña cabaña habitada por un anciano y un joven de no más de trece años. El anciano seguido por el muchacho se acercó hasta nosotros y comenzó a hablarnos en indi. No sabemos explicar muy bien cuál fue la magia de aquel lugar, que a pesar de no tener la mínima noción de su lengua, nos permitió entender lo que aquella persona quería comunicarnos. Nos explicó que el moraba en aquel mismo lugar mucho antes que cualquier templo fuese construido. Y que a pesar de sus achaques en las rodillas rezaba diariamente cumpliendo con sus obligaciones. Nos explicó que en aquella pequeña cabaña sólo vivían él y el joven rapaz, y nos invitó a comprobar por nosotros mismos lo humilde de su morada. No hizo falta, su mirada, la serenidad de sus palabras, y el hecho de que no nos pidiera dinero abiertamente, fue suficiente para que deseáramos ayudar a esas dos personas. Queríamos seguir allí, escuchar sus palabras que a pesar de ser extrañas para nosotros tenían mucho sentido. Partimos agradecidos por el momento vivido. Una última mirada atrás y vimos como joven y anciano retornaban con calmado paso al umbral de su cabaña, donde se sentaron del mismo modo que estaban cuando les encontramos.


namaste